Hay muchas cosas que no tienen precio. Cómo pagas la llamada de un amigo en el momento preciso? Cómo pagas a una enfermera que atiende con dedicación? Cómo pagas al profesor que abre la conciencia a nuevos mundos? Al veterinario que se ocupa de tu mascota con devoción, al funcionario que no sólo hace, sino que pone alegría en lo que hace?

Quizás pagas una cantidad de dinero, pero eso no cubre el valor real de muchas cosas, pues ni todo el dinero del mundo podría pagarlas.

Cómo pagas una puesta de sol? , o el sonido de una cascada, o un árbol, cómo pagas la primavera?

La red de gestos y acciones que nos sostiene no tiene precio, no hay nada material que pueda compensarlo.

Vivimos sostenidos por esa red de gratuidad, no olvidarlo en un tiempo en que las acciones tienden a ser tasadas, etiquetadas, legalizadas, normadas y no queda tiempo para fluir en la buena onda sin cálculos, en poner lo mejor aunque el contrato no lo diga, en hacer las cosas bien por satisfacción interior y no porque me pueden demandar.

Servir, colaborar, dar buena calidad, amor, altruísmo son regalos para el Alma, lo único que nos llevaremos cuando este breve espacio de tiempo concluya.

Como dice el bello Poema de Emily Dickinson:

“Si logro salvar un corazón de romperse,
no viviré en vano;
si logro borrar de una vida el dolor,
o enfriar una herida
o ayudar a un esfumado petirrojo
a regresar a su nido de nuevo,
no viviré en vano”.

Patricia May

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